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Ese mundo sigue intacto

Lun, 07/01/2008 - 00:00 -- CarnavaldeMalaga.com




No creáis que el destino sea otra cosa que la plenitud de la infancia.

R. M. RILKE

 

 

 

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La mordedura del Tiempo en la luz, entre las imágenes a las que el recuerdo enhebra la silueta de todo lo perdido. La magia luminosa de los colores antiguos sobre la repetición lineal de los días según fui olvidando. Las huellas confusas, entre azules intensos, sobre las que la memoria retrocede; el salitre suave en el aroma del aire, las preguntas sin respuestas y las que ni el Tiempo llegó a responder.  Así veo aún el pulpo y el ancla entrelazados en la puerta de salida al mar de Astilleros Nereo, la explanada contigua donde se celebraba la verbena, los Baños del Carmen, la playa de Las Acacias de arena blanca coralina y el rompeolas. Las horquillas del Tiempo. La casa de rejas amarillas donde tantas veces me encontré con apenas diez años como si tropezara conmigo mismo. Los amaneceres perdidos de la infancia imposibles de borrar y los que fueron desdibujándose sin ofrecer resistencia como las hojas ante las ventiscas del otoño. La libélula del Tiempo mientras presentía el murmullo de lo próximo como una distancia circular, cuando me animaba pensado que con el final del verano vendrían las clases y la temporada de lluvia, con el frío la Navidad y los regalos, con la primavera la Semana Santa y los tronos en las calles, con el rigor de los exámenes finales y los primeros calores de mayo y junio, de nuevo el verano. Estaba seguro que nunca habría alteraciones en el orden, aunque cambiase de maestra y de aula cada mes de septiembre, o hubiera otoños en los que no estrenase botas de agua por la sequía, o algún abril de aguas mil, dejase a los tronos en los tinglaos; o cada verano resultara tan distinto al del año anterior. La libélula del Tiempo, también, en los ojos y en las palabras que se oyen después de muchos años, en la ficción de las personas a las que suponemos olvidadas y que inesperadamente regresan a la realidad, igual que si la idea de avance continuo y sin retorno de la vida no fuera la acertada.

Toda esa luz había quedado tras los ojos como un golpe de memoria y me castigaba, igual que entonces me obligaban a borrar las planas de cuentas mal hechas en aquellos cuadernos de cálculo y problemas Rubio de un color amarillento, resignándome a la voz calificadora que me recibiría en casa y que siempre me prohibía olvidar, volver a olvidar en qué y por qué me había equivocado. Repasaba sin descanso las tablas de multiplicar hasta entornarlas de carrerilla con una alegre cantinela. Mi afán era pasar, cuanto antes, al cuaderno siguiente, porque sólo así lograría hacerme mayor, me decían. Crecer era entonces una cuestión de saber o no matemáticas, nada que ver con la lentitud en cumplir años. Pero yo aprendía las cuentas para llegar, cuanto antes, al último año de la egebé y ser uno de esos alumnos que ya no regresarían al colegio el curso siguiente y que para celebrarlo se iban de viaje de estudios a Mallorca, porque ya eran mayores y se sabían al dedillo todos los libros de matemáticas. Fue una terrible desilusión darme cuenta que no por aprender deprisa, se crecía al mismo ritmo, y que tras saber calcular bien los resultados de las cuentas, continué siendo un niño porque ahora tropezaba con las palabras que transcribía al oírlas en la voz de la maestra durante los angustiosos dictados. Las faltas de ortografía había que enumerarlas y copiarlas diez veces cada una en nuestras libretas. Los castigos del Tiempo. Nadie me explicó entonces que casi nunca se es lo verdaderamente mayor para superar ciertos peldaños; la vida que, de pronto, pone más socavones en el camino,  incansable, la muy puñetera. Ni es posible hallar todas las respuestas en el momento en que se necesitan, como si el recuerdo esperase a que el paso del tiempo le echase una mano de ángel que, de pronto, emergiera para elevarnos sobre todo lo que contiene una fecha cuando posee recuerdos. Sonó el timbre de la puerta. Estábamos apunto de salir para el cole. "¿Está tu madre?" Preguntó Paco el portero del edificio con un rictus de preocupación en la mirada. Le informó que Franco había muerto de madrugada y que se habían suspendido las clases de ese día y de los días siguientes; que estuviera atenta a la radio y a la carta de ajuste de la televisión. No tenía ni idea de quién hablaban y comprendí la envergadura del fallecido porque mis hermanos y yo estuvimos varios días sin ir al colegio, algo que ni la gripe más atroz ni los dolores de estómago habían conseguido jamás. Mi casa se llenó de visitas no habituales que no hablaban de otro tema. En las imágenes en blanco y negro de nuestra televisión Inter con caja de color caoba, se veían a cientos de ciudadanos pasando ante él, repetidamente, unos tras otros, igual que yo repetía su nombre en silencio, para no olvidarlo, igual que si tratase de valorar la importancia de aquella noticia a la par de los mayores.  Atendí al ajetreo de la casa esos días de la misma forma que observaba el comportamiento de los alumnos mayores en su último curso, cuando ya se sabían todas las preguntas de los libros y de la vida, pero tampoco entonces fui lo suficientemente mayor para saber quién era Franco. "Esas cosas no las preguntan los niños", me respondieron.

 

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Yo solo quería mirar el verano, subirme al espejo de las preguntas y las respuestas y asomarme a la pantalla de la tele, del cine o de la vida, para descubrir el otro lado del mundo. Pero alguien se empeñaba en explicarme lo que no me interesaba y en negarme lo que sí. Tras las planas de cuentas y las faltas de ortografía, llegaron los inútiles conjuntos, los quebrados y el pretérito imperfecto de subjuntivo. Las matemáticas y el lenguaje del Tiempo. Yo me dedicaba a mirar el verano rogándole a los meses que pasaran muy deprisa,  que llegasen las tormentas del otoño y el frío, la Semana Santa y el fin de curso, porque sólo así llegarían las respuestas que yo anhelaba conocer.  "Quien está todo el día pensado en el verano, se pierde el resto de las estaciones". Me reprochó mi maestra y quizá por esa causa, a menudo  recupero una sensación entre mis pasos igual a una sombra invisible, cada vez que vuelvo a encontrarme con la fachada de Astilleros Nereo y su explanada donde se celebraba la verbena, o con la decadencia triste de los Baños del Carmen, o la playa de Las Acacias ya sin el color blanco de la arena. Aquellos lugares con sabor a irrealidad. En el solar de la casa de rejas amarillas levantaron un edificio de dos plantas de apartamentos y un restaurante en el bajo con mesas y sillas sobre el paseo marítimo, y como entonces, también ahora suele haber carteles de "ALQUILA", y,  "TO RENT", durante todo el invierno, frente al anuncio "ALQUILAMOS PARA BAÑISTAS", que entonces colgaba de las rejas amarillas como exigiendo esa condición a sus posibles ocupantes.  "Ya han llegado los bañistas", le decía Frasquito el Sordo a su esposa cuando nos veía aparecer por su tienda de comestibles. Siempre nos preguntaba nuestros nombres señalando con su lápiz la intención de recordarlos. "Tú, Josefina, la mayor. Tú, Juan. Tú, Francis. Tú, Inmaculada. Y Tú, David". Pero siempre que le dejábamos a deber alguna cantidad, escribía sobre el mármol  viejo de su mostrador, en el rincón de las deudas: Bañistas, y, tantas pesetas. Así nos reconocían. Era el sello que nos identificaba desde los días previos a la primera gran noche del verano, la noche de san Juan, hasta los primeros días de setiembre en que nos marchábamos del barrio. La hojarasca del Tiempo.

"¿A quiénes vais a quemar este año, bañistas?", nos preguntaban. "Al Gordo y al Flaco de la televisión". Desde la víspera, íbamos casa por casa reclamando enseres viejos o trastos inútiles para la gran hoguera. Las chicas y los más pequeños se dedicaban durante toda la tarde a coser y a llenar de virutas las prendas; siempre uno de los júas era muy gordo y el otro muy flacucho. Y según anochecía, la playa se iba llenando de gentes ansiosas de que llegase la medianoche, la hora exacta del fuego. "¿Qué hora es, qué hora es ya?", preguntábamos cada cinco minutos. "Aún falta media hora". "¿Qué hora es, pero qué hora es ya?", insistíamos. "Anda niño y prende la candela cuando te dé la gana". Sobre la mesa de piedra en el patio de la casa, la familia disponía una botella de anís o de aguardiente, algunas copitas, y varios platos con higos chumbos y brevas para invitar a quien llegase mientras daban las doce. Aguardaban sentados en sus hamacas viendo pasar a la gente, y como cada año,  los primeros en aparecer eran Juan el Pinto y Pepe el Aguacuajá, viejos pescadores del barrio en plena celebración onomástica del primero. "Pero Manolo -le indicaba el Aguacuajá a mi tío-, no ves cómo vamos, en fin, todo sea por no hacerte un feo. Venga esa copia y la breva". También solía aparecer doña Paquita la casera y su marido, don Luis; y doña Carmen, viuda de militar y dueña de la casa de rejas verdes a lado de la nuestra que siempre estaba cerrada. Doña Carmen llegaba por la mañana para airear las habitaciones y a comprobar los desperfectos, según se justificaba mirando de reojo el anís y las brevas, preguntando siempre a cómo estaba el cuarto esta temporada, y consiguiendo comerse dos o tres y beberse dos copitas de aguardiente en menos que se persigna un cura loco, bromeaba mi tío. "¿Qué hora es, pero qué hora es ya?", volvíamos a insistir. Así llegaba el momento de prender los júas y poder observar hipnotizados como el fuego iba devorándolo todo. Yo,  entonces, pensaba que todo aquel ritual servía para dar la bienvenida al verano, a los bañistas y todo aquél que como yo, deseara quemar allí sus pesares del invierno. En aquella playa durante la noche de san Juan, todos parecíamos tener pendientes planas de cuentas, o palabras que copiar diez veces, o conjuntos muy complicados entrelazándose en el vacío, o la imposibilidad de saber conjugar correctamente y sin errores ciertos verbos: ser, vivir, amar... Los distintos modos del Tiempo. De  madrugada, solía saltar el viento de levante, una señal para que la familia nos llamase insistiendo en lo tarde que era, las tantas, la hora de ir a dormir; mientras el frescor de la brisa barría a las gentes de la playa y unas olas enormes acababa por inundar los restos de la hoguera. Así concluía aquella gran fiesta de bienvenida al verano que yo miraba por todas las ventanas que tenía a mi alcance durante el penoso invierno. Uno de aquellos años, la noche se cerró en el patio de la casa, alrededor de la mesa de piedra, proponiendo un brindis por los Juanes de la familia y Por el Rey recién nombrado, se dijo, que también celebraba su Santo. Recuerdo que alcé un vaso vacío al tiempo que los mayores para brindar, como en un juego, aunque no supiera por quién lo hacía ni se me pasara por la cabeza preguntarlo.

 

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El efecto de la noche de san Juan flotaba en el ambiente durante todo el verano, igual que la ceniza y la huella ennegrecida del fuego sobre la arena, como un manantial del que nunca dejase de brotar la magia. Había noches en que la brisa se adormecía de tal modo, que el mar se callaba para escuchar las historias que los mayores relataban sobre otros tiempos lejanos, el tiempo de la hambre, las papas de menta y las batatas cocidas, cuando dos perras chicas sumaban una gorda, y diez gordas, una peseta. La ironía del Tiempo. Para ellos recordar era un ejercicio tan benefactor como un brindis a la vida, una tristeza superada, después de haber servido en una buena casa de calle Larios o en Barcelona, o haber sido aprendiz en un taller para aprender el oficio del metal o el de modista, menos sacrificado que fregar suelos,  todo el día junto a una máquina de coser escuchando en la radio las canciones dedicadas.  "Y ahora Paquita le dedica a su novio, Pepín, que se ha ido al Brasil, la canción El Emigrante de Juanito Valderrama para que gane mucho dinero y la lleve con él, eso sí, casada antes por poderes". "Estos niños de hoy no saben lo que es pasar necesidad, y tener un traje y unos zapatos mejores para los domingos. No saben la algarabía que se formaba en las butacas del cine Moderno los días de estreno de las películas americanas en Cinemascope, ni que una entrada costaba una peseta con setenta y cinco. Ni saben lo que se formaba en Málaga cuando venía Juanita Reina al Cervantes y arriba en el gallinero olía muy fuerte a zotal". Recuerdos que yo trataba de aprehender en la textura de sus palabras y sus gestos salpicados de nostalgia. Un tiempo que yo descubriría en la pantalla doméstica del televisor muchos años después, ya que en el cine Los Galanes, adonde íbamos muchas noches, jamás reponían esas viejas películas, sino la de unos héroes callejeros que no parecían tener hambre, pero sí miseria; que tampoco parecían tener un oficio, pero sí sabía cómo robar un SEAT o liar un porro de hachís; que jamás usaban traje ni zapatos de domingos, sino pantalón y chupa vaquera a diario, que tampoco escuchaban las coplas de doña Juana, sino un flamenco-rock muy de moda y un poco pobre, en el que también se relataban historias terribles sobre presos, amores imposibles, ajuste de cuentas por drogas o muertes por celos. Personajes que yo veía en los callejones lúgubres del barrio como si salieran de la pantalla del cine durante el día y regresaran a ella por la noche.

 

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"¿A ti te gusta la pesca, niño? Hazme caso y estudia, mira que la pesca no tiene futuro". La sinceridad del Tiempo. Si al atardecer el cielo enrojecía por el horizonte y soplaba suave el poniente, no tardaba en aparecer Antonio Cañete a ordenar sus redes y a medir las vetas de cuerda formando aros sobre la arena mientras, cada cierto tiempo, alzaba unos ojos de lince que buscaban adónde dirigir su boliche para sacar el jurel y el boquerón. Cañete siempre hablaba en singular e intuía que el mar era uno pero incalculable, Peligrosa y agradecida,  me decía,  con la emoción graba en el rostro, hablándome no del mar, sino de la mar, igual que al calor sofocante de verano lo llamaba la calor. Esa calor del atardecer y de la noche que tanto afligía a él y a sus hijos mientras tiraban del copo con la ayuda de la familia y algunos vecinos del barrio. "¡Cuánto pesa hoy...! Seguro que viene cargado. Niña, prepara la sartén que viene una buena pesca". Gritaba con evidente alegría.  Y tras once vetas se abría el saco y allí estaba el jurel y el boquerón entre la morralla. Total, cinco barreños hasta arriba que Miguelito el Cariñoso, el Caleño y otros merenderos le compraban a Cañete, después de discutir el precio durante un buen rato. "Pues si no me los pagas a lo que pido, me los llevo a pescadería". Cañete siempre nos entregaba  una fuente, "Para una fritura como Dios manda, mujer", insistía.

            Ya en aquellos años, las artes de la pesca era más una tradición que los hijos aprendían de los padres, que un oficio con el que ganarse la vida. "La mar es muy mala, chico -me decía viéndole engalanar su embarcación-. Lo que pasa es que este oficio se lleva en la sangre. Pero la mar es muy mala, apréndetelo, además este invierno no ha habido pesca ninguna con tanto temporal, no ha habido forma de sacar un jornal extraordinario. Éste no es un buen oficio para los hijos, mi mujer no le pide otra cosa a la Virgen".  La religiosidad del Tiempo. A nuestro alrededor, las mujeres levantaban pequeños altares junto a sus casas adornándolos con flores, tiestos con geranios, hermosos mantones y colgaduras; y los hombres adornaban sus barcas con tiras de romero y banderas multicolores. Y una emoción intensa nos recorría el cuerpo cuando la sacaban del fondo del mar después de un año, y una larga hilera de embarcaciones engalanadas recorría el litoral de Pedregalejo. Esa tarde, aunque el cielo estuviera rojizo y soplara suave el poniente, Cañete no se hacía a la mar sino para llevar en su barca a la Virgen del Carmen. Porque la mar es muy mala, me repetía yo en silencio sin saber el alcance exacto de su temor. Ya por la noche, nos íbamos a la feria del Palo, a subirnos en los cacharros y a esperar en la playa el castillo de fuegos artificiales de medianoche que iluminaba el mar con sus destellos. Porque la mar es muy mala. De regreso, era habitual tropezarnos con Juan el Pinto y José el Aguacuajá, abrazados, caminando con la torpeza y la alegría de las grandes ocasiones. "¡Viva la Virgen del Carmen!".

 

 

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Unos tras otros, los veranos irían dejando su estela sobre el gran océano de la desmemoria como islotes difuminados. La torpeza del Tiempo. Abandonar la infancia, como yo deseaba, sería más una cuestión de calendario que de urgencia por descubrir la verdadera realidad de las cosas. "Algún día te enterarás de lo que es la vida. Ya te enterarás", me repetía mi amigo Berrocal,  algo mayor que yo, queriéndome advertir de que no me pasara de listo. "La mar es muy mala -informaba yo a la pandilla-, lo dice Cañete que sabe de eso. Hoy está prohibido bañarse, aunque las aguas estén bendecidas por la Virgen. Ayer hubo marea de magón y ese azul tan verdoso del mar quiere decir que hay mucha resaca y es peligroso. Además en los Baños del Carmen está izada la bandera roja, desde aquí puede verse". Los días de temporal, la jornada se convertía en una búsqueda continua  de cosas que hacer o lugares adonde ir. Íbamos a la carpintería de Julián el de las jábegas para verle trabajar un rato, y luego buscábamos a ver si dábamos con el vendedor de chumbos, a repetir su pregón por todas las esquinas: ¡Gordos y reooondos!, hasta conseguir enfadarlo y tener que huir despavoridos. "A ver quién tiene lo que hay que tener para colarse en los Baños del Carmen sin que lo vea el guardia". Proponía alguno, y si todos nos atrevíamos era porque teníamos prohibido por nuestros padres poner un pié en el balneario.

            Había una baliza en la entrada al camping y una taquilla como las de los cines junto a la puerta en la fachada principal, pero era menos arriesgado colarse por la zona de acampada, cuando el vigilante saliera de su casetilla. Al entrar teníamos que parecer lo que ya éramos, bañistas, ésa era la orden. Las lecciones del Tiempo. Nunca antes había visto caravanas tan lujosas, ni tiendas de acampar tan distintas bajo la sombra reconfortante de los eucaliptos, las pistas de tenis, el restaurante, las columnas... Aquel otro mundo se abrió a mis ojos con el mismo afán con el que yo trataba de descubrir la mar y los temores de Cañete, tratando de conocer sus gestos por la tonalidad de su color en relación con los vientos y mareas, porque el ancho muro que se adentraba en el mar separando el balneario del barrio, dividía muchas más cosas. Y ya muy cerca de la playa junto a las rocas del Morlaco adonde nos condujeron los más mayores en nuestro deambular, descubrí lo más sorprendente de todo, igual que algunas noches nos llevaban al Pub Galeón para ver cómo se cometían los peores pecados de la juventud: fumar, beber cubatas, besarse a escondidas y bailar a lo Travolta con la música de los Bee Gees, qué menudos gestos se hacen con las manos. "Fijaos qué tías. Seguro que ésas son las suecas de las que tanto se habla. Mirad qué teas más gordas y redooondas". Bromeaba Berrocal. Y si yo miraba, agazapado tras una roca, era porque tenía prohibido ver la televisión cuando aparecían un o dos rombos blancos en la pantalla, y porque tenía prohibido ir al balneario y al Pub Galeón. Las mentiras del Tiempo. "Doña Pepita, ¿de dónde vienen los niños?". En el colegio La Reina nos explicaban que todo consistía en unir una semilla del hombre y otra de la mujer; y en casa, que los traía Dios, me decían. Argumentos que yo aceptaba porque nunca antes había visto a las suecas, o porque yo entonces sí sabía quién era Dios: el Padre Celestial del que hablaba la profe en la clase de catecismo siempre en un tono de misterio. Al que teníamos presente en nuestra oración obligatoria de cada día justo antes de terminar las clases, puestos en pié, mientras rezábamos un ave María sin pensar. El poder que no otorga la vida, Nuestro mejor amigo, nos explicaba el cura en la catequesis. Y si yo entonces le escuchaba en silencio, observando sin saber qué más decir, con un gesto de curiosidad e inocencia, era porque me gustaba mirar el verano, la carne, el mundo y lo que se pusiera por delante con los ojos muy abiertos, para no olvidar.

 

7

Las grúas, los grandes camiones de carga y los tractores llegaron un invierno con la molestia con que se recibe a un mal esperanzador. Lo removieron todo mientras iban sacando a la luz un mundo muy distintos al de aquellos primeros veranos de mi infancia. El paseo marítimo, las nuevas playas ganadas al litoral con la arena que una embarcación iba sacando del fondo, las palmeras, las duchas, las farolas, la movida nocturna de bares y música a todo volumen, los rockers, los punkies... Yo ya no quería mirar al verano. El poder del Tiempo. Y del mismo modo que un mundo desaparecía y otro nuevo emergía con los brotes de la pubertad, el mar fue adquiriendo una nueva dimensión ante mis ojos. Nunca llegó a ser la enigmática de Cañete, pero sí se convertiría en una feminidad invisible. La tenue respuesta a todas las preguntas, la fragancia de los largos silencios, el nombre de mi amada. Yo quería mirar su cuerpo y el verano me importaba un comino.  Instalo un escritorio de poeta en la mesa del patio, sitúo la máquina de escribir Olympia y me dispongo a evadirme de la casa aspirando el salitre bajo esa luz del anochecer que, ya en agosto, llega de improviso. Quiero escribir un poema de amor como los que escribe Pedro Salinas a su amada y no sé cómo empezar. Releo uno de sus libros y observo una y otra vez el horizonte... Pienso que ella no querrá aceptarlo y que ningún otro chico de la pandilla escribe un poema cuando está enamorado. Para vivir no quiero islas, palacios, torres..., antes de entregarle el poema se lo leo a Berrocal. "Mejor hubiera sido escribirle uno de los tuyos. La verdad no sé que decirte, con ese final tan directo: te quiero, soy yo. Esto de enamorarse es un lío y de los gordos, ya te lo advertí". Llegamos a la verbena del Nereo cuando todos estaban bailando y el biznaguero fundía el aroma de su penca con el salitre. Me situé junto a la banda de música, no por esperar a que me invitasen a su corro, sino para poder admirarla con los ojos lastimados del amor. Ella había cambiado en apenas un par de veranos, casi una mujer ya. "Lleva varios días sin poder bañarse porque le ha venido la regla por primera vez, ¿tú sabes lo que significa eso?", me informa Berrocal animándome a que baile con ella cuando toquen un bolero o alguna canción lenta. "Y aprovechas para entregarle la poesía". "No creo que hoy pueda ser", le digo dubitativo pensado en lo de la regla. "Tú lo que eres es un cagón. Un poeta cagón".

 

8

La vida se tambalea en cada golpe de mar, y lo que queda varado en la orilla de otra época, es el resultado de haber vivido como la distancia entona en las voces de la lejanía sus propios recuerdos, celebrando tal vez poder recordar. Trato de volver a escuchar la voz del mandaor en aquellos atardeceres de agosto con su rítmico jaleo anunciando las fiestas del barrio: la regata, los concursos de pesca y natación, el partido de fútbol femenino de máxima rivalidad contra el equipo paleño, y el deseo interrumpido de bailar con ella en la verbena del Nereo. "Ahora. Ahora. Ahora...", se rompe la voz Cañete, timoneando su barca para que sus hijos remen a un mismo tiempo, pero como no está conforme, manda que paren y se enfada con ellos porque quiere ganar la regata del domingo. Y otra vez: "Ahora. Ahora. Ahora..."  La tragedia del Tiempo. Nadie me advirtió que todo aquel caudal de vida desaparecería durante varios inviernos y casi sin apreciarlo, mientras permanecía baja el rigor de los libros y según avanzaba en las lecciones invernales. Fue una maniobra oscura del Tiempo que me robó lo que lleva dentro la luz, el haz de energía que transforma las cosas y las entrega al pasado, que las desnuda y las vuelve a vestir para el anuncio del mañana, adonde ya no podría regresar. Yo no quería ya mirar el verano, sino mirar el regreso, igual que íbamos una y otra vez a la explanada del Nereo a conocer con antelación el repertorio de canciones que tocaría la banda cuando fueran la diez de la noche y allí estuviera todo el barrio. Y ella. Ella en la fotografía en la que aún hoy estamos impresos con la piel un poco blanquecina por el flash intenso de la cámara que nos uniría para siempre en el pasado. Con el último baile, se anunciaron los premios del concurso literario y fue ella la encargada de entregarme una pequeña distinción. A Cañete y a sus hijos se les entregó un gran trofeo como vencedores de la regata, y lo celebraron agitando una botella de champán hasta hacer salir todo el líquido, de la misma forma en que yo a veces derramo un tiempo que ya no existe y esbozo el trasluz antiquísimo de todas sus sombras dormidas, las que amparan cualquier baúl de memorias.

 

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Los mares del Tiempo en la luz. La magia luminosa de los colores antiguos sobre la repetición lineal de los días según fui olvidando. Las huellas confusas, entre azules intensos, sobre las que la memoria retrocede; el salitre suave en el aroma del aire, las preguntas sin respuestas y las que ni el Tiempo llegó a responder. Voces que se escuchan después de muchos años, personas a las que suponemos olvidadas y que, inesperadamente, se recuerdan, como si la idea de avance continuo y sin retorno de la vida, no fuera la acertada. Me transporta en volandas una nostalgia de escombros amarillos procedentes de una casa que ya no existe, y de una playa familiar que desapareció bajo inmensas rocas, dolorosamente ordenadas por las grúas hasta lograr grandes diques y espigones que hoy se adentran en el mar. Ellos impiden que el pasado regrese. Ellos son ahora los que defienden al paseo marítimo y a la arena de la fuerza del mar, cuando el invierno se lo lleva todo por delante, como cuentan que se llevó a Juan el Pinto y a José el Aguacuajá mientras faenaban una noche frente a las costas.  Han sido muchos años sin querer mirar el verano desde entonces. El paseo y las nuevas playas a las que ya no acuden bañistas, sino miles de personas a rodear el fuego purificador de la noche de san Juan, una velada que ahora organiza el Distrito o el Ayuntamiento. De donde se llevaron sus barcas los pescadores y creo que ya no queda nadie que sepa cuándo echar el copo y dónde para sacar el jurel y el boquerón, así expresado, en singular; ni nadie que llame al calor, la calor, y al mar, la mar de la dura faena. La playa donde no volví a encontrarme con Antonio Cañete ordenando sus redes para la pesca. Porque la mar es muy mala y él falleció un día en que no soplaba suave el poniente, ni el cielo se volvió rojizo al atardecer, cuando la Virgen ya no salía del fondo del mar, sino de la parroquia, y ya no era una figura pequeña y de bronce, sino a tamaño semireal y coronada; cuando ya no era necesaria su embarcación para pasearla por la costa porque ahora existe una cofradía y un trono de plata para que los más jóvenes del barrio la lleven por las calles del barrio y el paseo marítimo. Los amaneceres entreperdidos de la infancia imposibles de borrar y los que fueron desdibujándose sin ofrecer resistencia como las hojas ante las ventiscas del otoño. La decadencia triste de los Baños del Carmen o la fachada de Astilleros Nereo. Un mar en silencio con sabor a desenlace. Miradas al horizonte reversible de la vida bajo esa noción circular del tiempo que me hizo comprender que el destino nunca sería un don por llegar, sino la culminación del pasado. Tal vez el fugaz viaje a ese mundo que seguirá intacto como un narrador oculto entre los pliegues de mi memoria. La mordedura del Tiempo.

 

© DAVID DELFÍN, 2002.

Publicado en el Diario Málaga Hoy en el mes de agosto de 2004

 

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