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Las coplas de carnaval y su difusión (1)

Vie, 04/01/2008 - 00:00 -- CarnavaldeMalaga.com




Las coplas de carnaval y su difusión (1)

(Diario SUR, 23 de febrero de 2000)

 

 Al cabo de veinte años -y aún la mirada en lo que debió ser el periodo desde 1875 y hasta 1936-, la recuperación de la fiesta del carnaval en la ciudad a mediados de 1979 consolidándose en febrero de 1980, y más como elemento diferenciado de otros carnavales del mundo no andaluces, la rehabilitación de sus coplas de carnaval, como uno de los activos más indiscutibles del conjunto de elementos de constituyen la fiesta, por ser integrador en sí mismo de todos los demás: grupo, disfraz, creación, risa, máscara, etc. Porque el cancionero de carnaval, del mismo modo que la poesía tradicional o popular (recuérdese el romancero), expone el pensamiento de la colectividad y su sentir, narra con afán de recreación y se actualiza con los labios y la voz del propio pueblo; nace de la inspiración individual y si existe identificación llega al lugar que ocupan los sentimientos y verdades colectivas. La copla de carnaval (en su sentido de mayor autenticidad) es aquella que canta un grupo (comparsa, coro, cuarteto o murga) y con la que luego cantan quienes participan en la fiesta. Como ejemplo, presten atención a los estribillos y ciertas estrofas que las agrupaciones lanzarán este año y que el público (si existe identificación) recogerá para entonarlas como algo propio.

 

            Quienes hemos seguido de cerca la evolución de las coplas en el carnaval malagueño en esta etapa reciente, sabemos que el proceso mencionado en el párrafo anterior, se ha ido gestando de forma intuitiva en un primer momento (1979-1984) con la imitación de los modelos antiguos (coplas republicanas) y la posterior creación propia; desde una mayor consciencia a partir de 1985-1986 con la incorporación de elementos foráneos (técnica musical y letristica) de forma casi unánime; y finalmente, hacia una consolidación definitiva desde los primeros años de la década de los noventa con la plena asimilación de todos estos elementos (grupo, autores de letra y música, diseño vestuario) hasta desembocar en el  momento presente, dándose hoy cita en el fenómeno de las coplas de carnaval la grandeza de toda manifestación humana: alcanzar la categoría de lo universal sin dejar de tener un carácter localista y personal.

 

            Una máxima sobre la fiesta a lo largo de la Historia, afirma que todo carnaval es decadente con respecto a su inmediato anterior, sin embargo, parece indudable que ninguna celebración ha sabido adaptarse desde la oscura Edad Media hasta nuestros días, del modo en que el carnaval se ha significado, modificando sus formas y contextos, evolucionado según las propias exigencias de cada tiempo y lugar, sin que jamás exista una ruptura plena con sus orígenes: máscara, burla, risa, autoridad fingida, ruptura del orden social, etc. Como muestra, sirva la recuperación del carnaval en nuestra ciudad tras casi cuarenta años de silencio y la siguiente experiencia personal, cuando hacia el año noventa y dos localicé a don José Muro Gómez, quien a sus ochenta años, me cantó y rememoró sus recuerdos como integrante de los grupos que durante los años treinta había dirigido José Pinazo "El Conejo" en el barrio de la Victoria y Francisco Bandera en La Trinidad, llegándome a afirmar que si ambos regresaran y oyeran las coplas del actual carnaval, su perplejidad sería tan inmensa que no reconocerían las formas actuales de los grupos de canto. Para el carnaval y, en especial para las coplas, todo tiempo pasado parece haber sido siempre mejor. Pero he ahí su rasgo más característico, el que perpetuará esta fiesta, probablemente para siempre.

 

Desde esta óptica, cabe reflexionar cómo los avances tecnológicos de audio y vídeo, y la accesibilidad creciente a éstos han condicionado la evolución que observamos, ya que como actividad complementaria de la producción de coplas surge la grabación de las mismas (desde hace algunos años en disco compacto) y el comercio cada vez más pujante que existe entorno a estas ediciones, convirtiendo en algunos casos una producción carnavalesca (efímera e ideada para reflejar un suceso puntual) en una producción artística (perdurable), en el que la crítica, la burla o la sátira, se tornan por un aspecto de calidad intrínseca que podría hacer olvidar un cierto sentido de razón y autenticidad carnavalesca. Los autores de carnaval y en consecuencia sus coplas,  ya no son sólo unos anónimos desconocidos de un periodo específico del año (la radio y la televisión los promueven hacia el público) sino unos personajes habituales que entregan sus pensamientos en forma de coplas que cualquiera puede escuchar en cualquier momento y lugar (la casa, el automóvil...) extrayendo de su contexto natural un repertorio orientado hacia un periodo específico del año. La realidad es ésta: las coplas ya no sólo se escuchan durante Febrero, en las calles o en el Teatro Cervantes, también se compran, se graban de la radio o la televisión, se guardan y se escuchan en cualquier momento y situación.

 

            Durante estos últimos meses,  hemos sabido por la prensa cómo los autores del carnaval gaditano planteaban un carnaval alternativo al oficial u organizado por su Ayuntamiento, al tiempo que solicitaban una compensación económica por el negocio publicitario que hace la radio televisión andaluza y las emisoras de radio locales con la emisión del aquel concurso, reclamando por ello, importantes cantidades económicas  en concepto de derechos de autor; del mismo modo, reclamaban más libertad para la interpretación de distintas músicas para el repertorio de pasodobles y cuplés, además del permiso para tener impresa publicidad propia en escena y el abono de derechos de imagen, entre otras peticiones. En Málaga, las inquietudes son similares, pero la Asociación de autores local no actúa, de momento, con demasiada celeridad en la defensa de sus intereses, tales como la de solicitar, la parte del canon que la sociedad del Teatro Cervantes abona a la SGAE por la actuación en sus tablas de los grupos durante el concurso oficial de carnaval.

 

            El carnaval es la fiesta de la libertad, qué duda cabe, razón por la que cualquier regulación, normativa o mandatos (pensemos en el concurso de agrupaciones y sus pertinentes bases) resultan contradictorios en sí mismas, pero una vez aceptadas, aceptamos también una nueva forma de entender el sentido de las coplas en la que puede predominar más la forma artística (en el afán de ganar tal concurso o de perpetuarlas con una grabación) que el sentido auténtico de cumplir una función puramente carnavalesca. De tal manera, que desde el propio carnaval se establecen unos patrones y moldes de rigidez para los autores, que les lleva (como está sucediendo en el carnaval gaditano) a reclamar ahora una participación económica en algo que no existiría sin sus aportaciones, lo cual, aunque lógico, está fuera de la órbita carnavalesca. Los tiempos mandan. Nadie tema por la capacidad de esta fiesta por regenerarse y seguir avanzando con la humanidad.

 

Toda manifestación folclórica es la suma de experiencias socioeconómicas e históricas de una determinada comunidad, y en ella se muestran los rasgos más específicos que caracterizan a ésta como entidad social, y las coplas de carnaval deben permanecer inmersas en ese contexto, ya que como afirma María Teresa Linares en su libro "La música y el pueblo", canción folklórica es la expresión espontánea de las gentes sencillas en sus quehaceres laborales, domésticos o simplemente de expansión. Por ello, (y aunque seamos conscientes de la continua evolución del carnaval a lo largo de la Historia) difícilmente podrá perpetuarse en el tiempo un cierto espíritu carnavalesco en la elite de las coplas de carnaval, si sus autores entienden esta actividad únicamente como artística (olvidando su carácter históricamente social, por ejemplo) y se llega a una situación en la que sus coplas las realicen sólo a la medida de unos intereses (comerciales, publicitarios, o de concursos) tan ajenos a la esencia del carnaval. He ahí su mayor amenaza.

 

Confiemos en que la crítica, la sátira, la risa o la burla en las coplas carnavalescas no llegue a convertirse sólo en una mera retórica, si el autor pone su pensamiento sólo en cantar aquello que "venda" o donde sólo exista un realce artístico. Si el fenómeno del carnaval cantado andaluz que nos da nuestra más auténtica seña de identidad en el mundo se profesionaliza acabará, o bien por destruirse, o bien convirtiéndose en otra cosa muy distinta. El nuevo carnaval malagueño cumple en estos días veinte años, quizá para que suceda lo citado en este artículo quedan aún muchos más, en cualquier caso, como dijera el poeta José Infante en su pregón del 93, si ha de ser así, que este carnaval obre el milagro.

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