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La Feria de Málaga
Dos y tres formas de ser Málaga
Nono Martínez

Hay ciudades que se definen tanto por sus silencios como por sus estruendos. Málaga es una de ellas. Sus habitantes han sabido siempre disfrazar la rutina con el esplendor de sus fiestas, convertir lo cotidiano en extraordinario. Pero cuando se compara la visibilidad de sus celebraciones, emerge una paradoja: la Feria y la Semana Santa ocupan los grandes escaparates oficiales, mientras el Carnaval, esa fiesta irreverente, crítica y popular, sigue respirando en un segundo plano, como si se le negara todavía el derecho a ser imagen principal de la ciudad.

La Feria ha sido construida durante décadas como un símbolo de hospitalidad y alegría mediterránea. Brilla con luces que no admiten sombra multiplicada en carteles turísticos, en campañas institucionales, en titulares de prensa. El Carnaval, en cambio resiste sostenido por agrupaciones que trabajan con la paciencia del artesano y la ironía del poeta, pero sin contar con esa maquinaria promocional que garantiza la visibilidad.

El contraste revela una jerarquía cultural no siempre reconocida. La Feria ofrece una celebración fácilmente traducible al lenguaje de la promoción turística. El Carnaval exige un tiempo distinto: hay que escucharlo, descifrar la sátira, aceptar la incomodidad de la crítica. La Feria invita a la exaltación de todos tus sentidos; el Carnaval convoca a la inteligencia compartida. Tal vez por eso en una sociedad dominada por el consumo rápido de imágenes, la balanza se inclina con tanta claridad hacia un lado.

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Fotografía: Eduardo Nieto.

El Carnaval posee un potencial transformador que la Feria o la Semana Santa no alcanza. Es la fiesta de la palabra, del disfraz que desvela más que oculta, de la burla que incomoda porque nombra lo que a menudo se prefiere silenciar. 

Málaga se encuentra quizá sin saberlo del todo en una encrucijada cultural. Ha demostrado que es capaz de proyectar su Semana Santa y su Feria como grandes referentes internacionales. El reto pendiente es reconocer que el Carnaval no es un hermano menor sino un pilar complementario de esa identidad plural. Al negarle el mismo nivel de promoción, se priva a la ciudad de una de sus voces más libres y más modernas, aunque se disfrace de tradición.

El reto pendiente es reconocer que el Carnaval es un pilar complementario de esa identidad plural.

Málaga no tiene por qué elegir. Lo transversal sería reconocer que todas se complementan, que ninguna explica por sí sola el carácter de la ciudad. La cultura de Málaga reside en esa capacidad de celebrar tanto el júbilo, la fé como la lucidez.

Porque en última instancia, toda fiesta es un espejo. La Feria devuelve a Málaga la imagen de una ciudad abierta, brillante hecha de música y de luz, y el Carnaval en cambio ofrece el reflejo de lo que no siempre se quiere mirar, pero que resulta necesario reconocer.

Tal vez la madurez cultural consista precisamente en aceptar todos los reflejos, y comprender que sin ellos la identidad quedaría incompleta.

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