Carnaval posmoderno
Jorge Salinas

Cada vez el termino posmodernidad aparece con asiduidad para nombrar a la época en la que nos ha tocado vivir. La posmodernidad se debe a unos principios básicos fáciles de entender por todos. Redes sociales y Big data son el sustento de un periodo histórico que poco a poco se va adentrando en este siglo XXI. El acceso rápido a la información, la libertad de opinión. La propaganda. Las fake news, bots y corrientes de opinión mueven a un mundo que está constantemente en tensión sin llegar a romperse nunca.

¿Está entrando nuestro carnaval en esta posmodernidad? En principio no. Pero si hay que estar atento para que este mantenga la esencia de su propio ser. La libertad. Actualmente la sociedad intenta con aciertos y fallos, corregir actitudes y pensamientos trasnochados. Machismo, homofobia, racismo que campaban a sus anchas tras la caída de la dictadura franquista, empiezan a remitir 40 años después lentamente gracias al trabajo duro de muchas personas. El carnaval no es ajeno a su época, los repertorios empiezan a ajustarse a otra realidad. Pero hay un peligro. El llamado “buenismo” o los ofendidos por cualquier cosa empiezan a formar corriente de opinión poderosa en esta sociedad. El carnavalero o carnavalera está llamado a defender la libertad de expresión y la carencia de los límites del humor hasta donde le sea posible. Cuplés sobre gays, racistas, machistas o macabros, han existido y deben seguir existiendo si algún autor lo ve conveniente dentro del ejercicio de su libertad. De la misma forma el espectador debe tachar las letras que sean contrarias a su forma de pensar, con la ausencia del aplauso o por qué no con un abucheo. La crítica periodística sí debe afear las letras que no sean acordes a la lógica imperante. Estamos faltos de profesionales que se mojen con una opinión veraz y firme. El carnaval de Málaga para llegar a creerse que es un gran carnaval necesita de estos dos factores. Necesita un público que sea capaz de digerir una letra y ovacionarla o relegarla al silencio del desprecio según su gusto, tendencia moral o política. Por otra parte es necesaria una prensa valiente que empiece sin tapujos a criticar sin miedo repertorios, tipos y cante de agrupaciones. Los componentes que se suben a esas tablas serán enormemente respetados si tienen a periodistas capaces de demostrarles que los escuchan, que sienten como ellos los repertorios y que se mojan como ellos con sus letras. Así mismo el respeto debe ser reciproco. Si necesitas que te regalen los oídos ya tienes a la familia. Para mejorar necesitas la crítica.

El tema catalán puede ser un buen baremo de esta posmodernidad. Habrá cuplés y pasodobles que serán soberanistas, constitucionalistas, fachas, equidistantes o algunos que serán un lío patatero grandioso. Es hora de que tomen partido sobre el asunto. Todos tenemos ya una idea fundada sobre el tema. No aplaudan lo que sea contrario a su pensamiento. Consejo. Si fuese autor no escribiría nada al respecto.

Por último, la posmodernidad ha afectado al gran cartel de nuestro carnaval. A las pocas horas grupos y particulares afeaban en redes sociales un posible plagio de una imagen en el propio cartel. Ni si quiera se pararon a leer o a escuchar la explicación del autor del cartel que indicaba que había elementos existentes en ese cuadro. El daño. La trascendencia. El retuit. La búsqueda del like. No entro a valorar la incultura o por qué no, la búsqueda de originalidad total por parte del autor. La posmodernidad hizo el resto. El ruido y la vorágine arropada por Diario Sur que luego calla con el mismo caso en el Festival de Cine, lógicamente no saldrá ningún cineasta afeando el collage, hizo el efecto bola de nieve. Lamentable asunto.

Estamos en pleno desarrollo de repertorios, sean sinceros y libres. No piensen en el público. Escriban lo que sientan. No caigan en lo correctamente político. Para la defensa de su libertad ya estamos nosotros. Momo descansa que ya mismo calientas en la banda.

Jorge Salinas

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